YA SE ACERCA EL ANIVERSARIO NÚMERO 119 DE NUESTRA IGLESIA, junio 13

LOS CAMPOS DEL BOSQUE

VOCES DEL PASADO: OBISPO A.J. TOMLINSON (1943)

SOBRE NOSOTROS la tercera parte de tres

Iglesia de Dios de la Profecía

EL LAVATORIO DE PIES POR LOS SANTOS

El Lavatorio de Pies fue instituido por Jesús la noche de la última cena y la Iglesia lo considera una ordenanza neotestamentaria que se nos requiere observar. Así como la Santa Cena representa nuestra comunión con Jesús, el Lavatorio de Pies representa nuestra unidad común (comunidad) de los unos con los otros como seguidores y copartícipes junto a Él. Jesús envió a dos de Sus discípulos al hogar de un amigo especial en Jerusalén para que prepararan la cena de la Pascua (Marcos 14:12-17). Estos preparativos debieron haber incluido un lebrillo (recipiente), un cántaro de agua y una toalla para el lavatorio de pies acostumbrado. De acuerdo con el versículo 17 citado anteriormente, los doce vinieron con Jesús, pero no se menciona el Lavatorio de Pies. Lucas nos dice que hubo angustia entre los discípulos cuando Jesús anunció que uno de ellos Lo traicionaría, y también hubo una discusión entre ellos sobre quién sería el más grande (Lucas 22:21-24). Jesús les enseñó a ser siervos como su relación correcta (versículos 25-27) y les demostró Su postura como Siervo entre ellos al lavarles los pies (Juan 13:3-5). Al establecer este espíritu de servicio entre ellos, Cristo les dijo: “… ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis… Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (versículos 12-15, 17). La Iglesia promueve que el Lavatorio de Pies sea observado en el mismo servicio que se celebre la Santa Cena hasta donde sea posible y en una forma honrosa y ordenada.

DIEZMAR Y OFRENDAR

Diezmar significa entregar una décima parte de nuestras ganancias a la tesorería de la iglesia (Proverbios 3:9, 10). El primer registro bíblico de diezmar a la obra de Dios comenzó con Abraham, quien le pagó diezmos a Melquisedec (sacerdote del Dios Altísimo) del botín de su batalla con los reyes (Génesis 14:18-20), continuó bajo la ley, y recibió la aprobación de nuestro Señor (Mateo 10:5-10; 23:23). Otros escritores del Nuevo Testamento hacen referencia a que Dios indica que aquéllos que predican el evangelio deben vivir (ser sustentados) por los oidores del evangelio (1 Corintios 9:6-14; Lucas 10:7). Véase también Hebreos 7:4-10, donde se le confiere al diezmo cierta trascendencia generacional. La iglesia considera que la obligación bíblica de diezmar no se cumple solamente con el mero hecho de hacer donativos directamente a los pobres, a personas particulares o causas nobles. Aunque la iglesia favorece y participa en toda clase de apoyo como éste, la misma entiende que la práctica bíblica de diezmar es que los diezmos son entregados a la tesorería de la iglesia para la obra de Dios, especialmente para el beneficio de aquéllos que ministran la Palabra (Hebreos 7:8). Las bendiciones y el favor de Dios seguirán en todas las áreas productivas de la vida (Malaquías 3:7-12). Dar ofrendas es diferente a diezmar y es hecho en adición al diezmo. Las dos son parte del plan de Dios para financiar Su obra en la tierra (1 Corintios 16:1-4; Filipenses 4:10-19). Un espíritu de generosidad siempre ha impregnado a la iglesia desde los tiempos antiguos (Hechos 4:32-35), y el apóstol Pablo citó las palabras de nuestro Señor a los ancianos de Éfeso durante su mensaje de despedida aconsejándoles que debían “…recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (20:35). Una vez recibido en la tesorería de la iglesia, los diezmos y las ofrendas son regulados a través de las debidas decisiones de la iglesia y administrados según las normas autorizadas por la iglesia y su personal.

RESTITUCIÓN CUANDO SEA POSIBLE

La restitución es el acto de restaurar algo que fue tomado indebidamente o de satisfacer a alguien contra quien se haya cometido una falta. Corregir nuestras faltas hasta donde sea humanamente posible es un resultado natural de la salvación por la gracia de Dios como lo vemos en la forma que Zaqueo respondió a la visita salvífica del Señor en su hogar: “Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham” (Lucas 19:8, 9). Cuando es imposible hacer contacto con la persona o institución afectada, el creyente aún debe demostrar un deseo de devolver lo que haya sido tomado, restaurar una relación o buscar perdón. Cuando sea necesario, aquéllos que hacen restitución deben soportar pacientemente cualquieras sean las consecuencias que puedan resultar tales como sanciones legales, costos financieros, o hasta el rechazo de las personas a las que se le haya hecho el acercamiento. “Y por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres” (Hechos 24:16).

LA SEGUNDA VENIDA PREMILENARIA DE CRISTO

Nuestro Señor Jesucristo regresará a la tierra otra vez (Hechos 1:11), y la iglesia entiende esta venida en dos fases: Primero, en el aire, para resucitar a los santos que han muerto y llevarse a los santos vivientes a encontrarse con Él para que todos los que están en Cristo puedan estar en la cena de las bodas del Cordero: “Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero: Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:16, 17; véase también 1 Corintios 15:51, 52). “Y él me dice: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero. Y me dijo: Estas palabras de Dios son verdaderas” (Apocalipsis 19:9). En segundo lugar, Cristo regresará con los santos para reinar en la tierra por mil años: “…y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección” (20:4, 5; véase también Zacarías 14:4-9; Apocalipsis 5:10; 20:6).

LA RESURRECCIÓN

El plan de Dios para el mundo incluye un tiempo en que todas las personas (vivos y muertos) tendrán que rendir cuentas ante Su trono de juicio. Por esta razón, todos los muertos, tanto los justos como los malvados, serán resucitados. A fin de asegurar que este juicio ocurrirá, Dios levantó a Cristo de los muertos y Lo nombró Juez (Hechos 24:15; Daniel 12:2; 2 Corintios 5:10; Hechos 17:30, 31). Sin embargo, la resurrección de los muertos malvados y su tiempo de juicio no ocurrirá hasta después de los mil años del reino de Cristo y Sus santos sobre la tierra (Apocalipsis 20:4-6). Pabló describió la esperanza del cristiano en la resurrección de la siguiente manera: “a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (Filipenses 3:10). Esperamos al Salvador desde el cielo. Pablo dice: “El cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (v. 21).

VIDA ETERNA PARA LOS JUSTOS

En Su oración como Sumo Sacerdote, Cristo definió la vida eterna de la siguiente manera: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). El Nuevo Testamento enseña por todas partes que la vida eterna le ha sido prometida a todo aquél que cree en Cristo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Cuando Él regrese, aquéllos que hayan muerto en el Señor y aquéllos que Le estén sirviendo recibirán la recompensa de la vida eterna: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:22, 23).

CASTIGO ETERNO PARA LOS MALOS

La forma en que vivimos nuestras vidas en el mundo presente determinará nuestro destino en la próxima, nuestra recompensa eterna (Daniel 12:2; Romanos 2:4-9). Los incrédulos y malvados están condenados al castigo eterno del cual no hay escapatoria —no hay liberación, ni aniquilación: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo 25:46). “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8). “Y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tesalonicenses 1:7-9).

ABSTINENCIA TOTAL DE TODO LICOR U OTRAS BEBIDAS ALCOHÓLICAS

“El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, y cualquiera que por ellos yerra no es sabio” (Proverbios 20:1). “Pero también éstos erraron con el vino, y con sidra se entontecieron; el sacerdote y el profeta erraron con sidra, fueron trastornados por el vino; se aturdieron con la sidra, erraron en la visión, tropezaron en el juicio” (Isaías 28:7). “No estés con los bebedores de vino, ni con los comedores de carne; porque el bebedor y el comilón empobrecerán, y el sueño hará vestir vestidos rotos” (Proverbios 23:20, 21). Debido a éstos y otros textos bíblicos, la Iglesia de Dios de la Profecía enseña abstinencia del uso de bebidas intoxicantes. La enseñanza bíblica es: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Efesios 5:18). También se nos aconseja “que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor” (1 Tesalonicenses 4:4). (Véase también 1 Corintios 5:11; 6:10; 10:31; Gálatas 5:21).

CONTRA EL USO DEL TABACO EN CUALQUIER FORMA, OPIO, MORFINA, ETC.

“Así que, amados, pues tenemos tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santificación en temor de Dios” (2 Corintios 7:1). “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque comprados sois por precio: glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19, 20). El uso del tabaco en cualquier forma está prohibido, así como el uso habitual de narcóticos o cualquier droga que produzca dependencia. Las adicciones y la esclavitud a las drogas u otras substancias son incompatibles con la sujeción de nuestros cuerpos al Señor como vasos santos de honor para Su uso (Romanos 12:1, 2; 1 Tesalonicenses 4:4). “Si pues coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

COMIDAS Y BEBIDAS

El Nuevo Testamento no establece reglas rígidas concernientes a qué comidas debe comer o beber el cristiano con la excepción de las bebidas embriagantes y substancias que son adictivas y esclavizan. “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:16, 17). Por lo tanto, no tenemos ningún derecho de juzgar lo que nuestro hermano o hermana come o bebe. Las restricciones legales de la ley mosaica concernientes a éstas no se extendieron a la dispensación de la gracia. “Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). Véase también 1 Corintios 8:8 y 1 Timoteo 4:1-5.

EL SABBAT (SÁBADO)

El libro de Génesis nos dice que en el séptimo día Dios terminó Su obra y lo bendijo y lo santificó (Génesis 2:2, 3). No hay duda de que esto fue parte de Su plan de preparación para separar a Israel como Su pueblo especial, porque para ellos Él impartió la ley, la cual incluía la observación del sábado. La corrección que Cristo le hizo a la estricta observación del sábado por los fariseos (Marcos 2:27, 28) liberaba a la gente de ser esclavos de ese día y afirmaba Su señorío sobre el día. Por lo tanto, la Iglesia de Dios de la Profecía enseña que la observación del día de por sí no fue extendida a la dispensación de la gracia. El domingo no es el sábado, sino meramente un día separado para darle atención especial a la adoración a Dios. La iglesia primitiva se refería al domingo como el “primer día de la semana” y luego como “el día del Señor” o el “día de resurrección”. Por lo tanto, la adoración en domingo es muy apropiada. Se requiere que los cristianos mantengan cada día como uno santo, en lugar de un solo día en particular. El sábado judío también era un tipo de Jesucristo, quien es presentado en las Escrituras como nuestro descanso (Hebreos 4:1-11). “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:16, 17). Véase también Romanos 14:5, 6.

EL ADORNO

Las Escrituras no prohíben el uso del símbolo cultural para el matrimonio por razones maritales, sociales o culturales; ni tampoco establece su necesidad. En ciertas situaciones, el símbolo o emblema para el matrimonio puede fortalecer el pacto matrimonial y el orden, y de esta manera su uso no es como ornamento. Por lo tanto, aunque puede ser que el símbolo cultural o emblema para el matrimonio no sea necesario, puede ser utilizado por situaciones maritales, sociales y culturales para preservar el principio de autoridad y la integridad del matrimonio (Génesis 3:16; 1 Corintios 11:8; Efesios 5:22, 23). Las Escrituras no prohíben (de forma absoluta) ni requieren el uso de adorno ornamental. Pero sí presentan principios de precaución firmes respecto a su uso tales como: modestia, pudor y prudencia, y llama la atención al adorno del hombre interior como uno de “espíritu afable y apacible” (1 Timoteo 2:9, 10; 1 Pedro 3:3, 4). El ornamento no debe ser usado de ninguna manera que se preste para prácticas idólatras, de ocultismo o lujuria. (Isaías 3:18-22; Hechos 8:9; 19:19; 1 Corintios 5:10; 6:9; Gálatas 5:19-21; Apocalipsis 2:20-23). También es importante recordar que el adorno incluye más que las joyas solamente. Para aplicar los principios prudentes de las Escrituras (tanto para los que los usan como los que no los usan) encontramos un principio fundamental en Romanos 14:13: “Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano [hermana]”.

CONTRA LOS MIEMBROS QUE PERTENECEN A LOGIAS

La Biblia se opone a que el pueblo de Dios esté unido en yugos desiguales con los incrédulos (2 Corintios 6:14-18); se opone a actividades en sociedades secretas, y requiere la completa y total lealtad de los hijos de Dios: “Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto” (Juan 18:20; véase también Lucas 16:13). Muchas sociedades u organizaciones secretas requieren tomar un juramento de guardar secreto y los juramentos son claramente prohibidos [véase El vocabulario propio del creyente] (Efesios 5:12, 13).

EL VOCABULARIO PROPIO DEL CREYENTE

Tomar un juramento en vano es algo inútil y condenado en las Escrituras. Una afirmación de la verdad acerca de algo es suficiente y con frecuencia es aceptado aun en las cortes de justicia: “Mas yo os digo: No juréis en ninguna manera: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer un cabello blanco o negro. Mas sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5:34-37; véase también Santiago 5:12). Al “jurar” también se puede blasfemar, lo cual es condenado por la Biblia: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29; véase también 5:4).

MATRIMONIO, DIVORCIO Y RECASAMIENTO

Génesis 1:26, 27; 2:18-25; Deuteronomio 6:7; Mateo 5:32; 14:3, 4; 19:3-12; Marcos 10:12; Lucas 16:18; Romanos 7:2, 3; 1 Corintios 5:1-5; 6:9-18; 7:2, 11; Colosenses 3:18-21.

El matrimonio y la familia

La Iglesia de Dios de la Profecía afirma la enseñanza bíblica de que el matrimonio es sagrado y no se debe entrar al mismo ligeramente sin la preparación apropiada. El matrimonio fue instituido por Dios originalmente y reconocido como una relación de pacto de por vida entre un hombre y una mujer. La iglesia afirma que la familia bíblica está compuesta de un padre y una madre en matrimonio que pueden procrear hijos. La Iglesia también afirma que el hogar, incluyendo a la familia extendida, debe ser gobernado con amor, disciplina y otros aspectos edificantes que son enseñados en la Palabra de Dios. Siendo que la iglesia está comprometida a la santidad del matrimonio y la vida humana, diligentemente nos pronunciamos en contra del aborto, incesto, abuso, eutanasia, adulterio, divorcio, homosexualidad y lesbianismo, los cuales creemos que son contrarios al diseño original de Dios según lo declara Su Palabra. Toda unión que sea ilegal desde el punto de vista bíblico, tales como personas del mismo sexo, incestuosa o matrimonios polígamos no son aceptados por la Iglesia, aun si éstos han sido reconocidos como legales por los gobiernos civiles.

Divorcio y recasamiento

Si las personas se divorciaron y recasaron por alguna razón antes de su experiencia personal de salvación y han demostrado una disposición a buscar restitución (perdón de parte del cónyuge ofendido) y restauración hasta donde sea posible.

Si el divorcio ocurrió debido a una conducta de adulterio habitual de parte de uno de los cónyuges y los esfuerzos por la reconciliación ya no son posibles.

Si el divorcio ocurrió por abuso conyugal o hacia los hijos, como sería el caso de una conducta incestuosa que seriamente coloca en peligro la vida y la salud del cónyuge o la familia y viola la santidad del matrimonio santo.

En ninguna circunstancia los cristianos o miembros de la iglesia deberán iniciar o procurar el divorcio sin haber agotado por completo todas las posibilidades de asesoramiento bíblico para restaurar, reconstruir y sostener sus matrimonios. Los matrimonios que claramente violan las normas bíblicas (tales como los matrimonios incestuosos) se pueden apelar ante el Presbiterio para recibir consideración específica. Cualquier otro caso de divorcio y recasamiento que no caiga dentro de las categorías descritas anteriormente deberá ser referido para consejo y resolución ante el pastor y el liderato de la iglesia local, el Presbiterio Estatal/Regional/Nacional o el Presbiterio general (el cual incluye al supervisor general y los presbíteros generales) si se considerase apropiado.