VENID FIELES TODOS

VENID FIELES TODOS

LA IMPREVISIBILIDAD DE CADA VIDA

Vivir, es prometerse vida, anticiparse a uno mismo. No parece posible, no lo es, vivir sin proyectar, sin anticipar, y cada anticipación es algo así como un salto en el vacío, un salto hacia lo que aún no es, el salto que hace posible que lo que no es sea. Contar con lo que aún no es, es otra cosa que calcular o predecir: es arriesgar, apostar. El juego y el arte son escenificaciones y celebraciones de lo que toda vida tiene de imponderable, de imprevisible. La vida tiene, es, una imprevisibilidad irreducible a cualquier cuenta, a cualquier certeza. La existencia es un tiempo de riesgo: es el espacio temporal que permite el juego de las decisiones, que permite la movilidad, la transformación. El crecimiento.

La vida es actuación, no ensayo. Nacemos sin saber cómo se vive y morimos cuando ya no tenemos tiempo para vivir como aprendimos a hacerlo. Las cosas más importantes ni se enseñan ni se aprenden antes de hacerlas, tampoco, en general, dan el tiempo de programarlas y controlarlas: llaman a responder, no a calcular. Cada respuesta, cada riesgo, es una experiencia, no una repetición, y por eso mismo es una creación. Un acto irrepetible e individual, siempre provisorio e inconcluso, siempre abierto.

“No se puede tener paz evitando la vida”, reprocha en algún lugar Virginia Wolf a los que la quieren “proteger” de la incertidumbre de sí misma. Ni paz ni seguridad sin lo imponderable. La falta de certeza es una falta que suma: lo imprevisible es el espacio, la anchura, que tiene lo previsible para ser más que lo que se previó, para enriquecerse de novedad, de alteridad. Lo imprevisto, lo incierto, el riesgo, son nombres de la flexibilidad, la ductilidad; del momento de apertura de las posibilidades sin las cuales serían impensables tanto las innovaciones como la evolución, el crecimiento de la creación. Cuanto más asegurada está una vida más encerrada está, menos vida es; menos espacio abierto tiene para respirar, para aletear. Si vivir es anticipar, el anticipar produce temeridad: el miedo de abandonar lo que se es por lo que se puede ser: de avanzar. Para nuestra cultura vivir es controlar, dominar; dominando, controlando, nos sentimos seguros, aseguramos que nada quede fuera de control, aunque lo que quede fuera sea lo que en la vida escapa a todo control: lo que tiene de novedad, lo que solo en libertad llega a nacer. Bajo el mito de la seguridad, nuestras decisiones, las que tomamos, las que son aplaudidas, tienen como meta no tener que tomar nuevas decisiones, no volver a decidir. Soñamos con lo estable, con lo que nos libere para siempre de la ansiedad de decidir, de los riesgos de asumir… Soñamos, sin saberlo, con la muerte.

El juego nos atrae porque está tan abierto a la victoria como a la derrota: nos atrae su riesgo, su imprevisibilidad. Sin ese riesgo cualquier juego, cualquier vida, sería un simulacro de vivir, una parodia. Asumir este riesgo es asumir el coraje y la tensión de vivir. Asumirlo, es asumir la gravedad de la vida: su dignidad.

La vida no es claridad, es penumbra, su luz no es la del mediodía sino la del amanecer, la que insinúa, promete. Más que dejarse ver se deja adivinar, presentir; esa penumbra, parece desmentir cualquier tentativa de creer que lo ya vivido y sabido la puede explicar. Que cualquier explicación la puede agotar.

Lo que la vida tiene para darnos es lo que ella aún no es: ese espacio abierto en el que nos invita a nacer, ese riesgo que nos llama a recorrer.

LA PUERTA DEL CIELO

Un hombre, su caballo y su perro iban por una carretera. Cuando pasaban cerca de un enorme árbol, cayó un rayo y los tres murieron fulminados. Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo y prosiguió su camino con sus dos animales; a veces los muertos tardan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición…

La carretera era muy larga, colina arriba, el sol era muy fuerte estaban sudados y sedientos. En una curva del camino vieron un portal magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde manaba un agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada.

-Buenos días.

-Buenos días – Respondió el guardián.

- ¿Cómo se llama este lugar tan bonito?

– Esto es el Cielo.

– Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos

– Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera

– Y el guardián señaló la fuente.

– Pero mi caballo y mi perro también tienen sed…

– Lo siento mucho – Dijo el guardián- pero aquí no se permite la entrada a los animales.

El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchísima sed, pero no pensaba beber solo; dio las gracias al guardián y siguió adelante. Después de caminar un buen rato cuesta arriba, exhaustos, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puertecita vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles.

A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero, posiblemente dormía.

– Buenos días – dijo el caminante.

El hombre respondió con un gesto con la cabeza.

– Tenemos mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.

– Hay una fuente entre aquellas rocas – dijo el hombre, indicando el lugar – Podéis beber tanta agua como queráis.

El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed. El caminante volvió atrás para dar las gracias al hombre.

– Podéis volver siempre que queráis – Le respondió-

– A propósito ¿Cómo se llama este lugar?

– Cielo.

– ¿El Cielo? ¿Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el Cielo!

– Aquello no era el Cielo, era el Infierno.

El caminante quedó perplejo.

– ¡Deberíais prohibir que utilicen vuestro nombre! ¡Esta información falsa debe de provocar grandes confusiones!

– ¡De ninguna manera! En realidad, nos hacen un gran favor, Porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos…

El vídeo más bonito del mundo ábrelo las mejores reflexiones cristianas

EL DIOS DE LOS PERDIDOS

Jesús buscaba sin duda la «conversión» de todo el pueblo de Israel. Nadie lo dudaba. Entonces, ¿por qué perdía el tiempo acogiendo a prostitutas y recaudadores, gente al fin y al cabo indeseable y pecadora? ¿Por qué se despreocupaba de los que vivían en el marco de la Alianza y se dedicaba tanto a un pequeño grupo de perdidos y perdidas? Jesús respondió con varias parábolas. Quería meter en el corazón de todos algo que llevaba muy dentro. Los «perdidos» le pertenecen a Dios. Él los busca apasionadamente y, cuando los recupera, su alegría es incontenible. Todos tendríamos que alegrarnos con él.

En una de las parábolas habla de un «pastor insensato» que ha perdido una oveja. Aunque está perdida, aquella oveja es suya. Por eso, no duda en salir a buscarla, abandonando en el campo» al resto del rebaño. Cuando la encuentra, su alegría es indescriptible. «La carga sobre los hombros», en un gesto de ternura y cariño, y se la lleva a casa. Al llegar, invita a sus amigos a compartir su alegría. Todos le entenderán: «He encontrado la oveja que se me había perdido». La gente no se lo podía creer. ¿No es una locura arriesgar así la suerte de todo el rebaño? ¿Acaso una oveja vale más que las noventa y nueve? ¿Puede este pastor insensato ser metáfora de Dios? ¿Será verdad que Dios no rechaza a los «perdidos», sino que los busca apasionadamente? ¿Será cierto que el Padre no da a nadie por perdido? La parábola explica muy bien por qué Jesús busca el encuentro con pecadores y prostitutas. Su actuación con las «ovejas perdidas» de Israel hace pensar. ¿Dónde se mueven hoy los pastores llamados a actuar como Jesús? ¿Dentro del redil o junto a las ovejas alejadas? ¿Cuántos se dedican a escuchar a los «perdidos», ofrecerles la amistad de Dios y acompañarlos en su posible retorno al Padre?

Nosotros somos más «sensatos» que Jesús. Para nosotros, lo primero es cuidar y defender a los cristianos. Luego, gritar desde lejos a toda esa gente perdida que vive al margen de la moral que predicamos. Pero entonces, ¿cómo podrán creer que Dios no los está condenando desde lejos sino buscando desde cerca?

LA NAVIDAD CONTADA A MIS NIETOS

Queridos nietos: Antes de que se os habitúe el corazón a la Navidad que os ofrecemos, quiero contaros detenidamente qué es lo que ocurre en estas fechas. Vosotros habéis nacido en una familia cristiana y por eso es importante que conozcáis el gran acontecimiento que en estas fechas celebramos. No me gustaría que las luces, las compras y la agitación ensombrecieran el verdadero mensaje de estos días. Hace dos mil y pocos años Dios decidió hacerse hombre y venir a la tierra para que los seres humanos nos enteráramos de una vez por todas que Él nos quiere muchísimo, que tiene para cada uno de nosotros un sueño de felicidad y plenitud y que no podemos vivir una vida mediocre. Ya antes nos lo informó por medio de diferentes profetas, pero con el paso del tiempo sólo quedaron algunos mensajes escritos que no le hacían demasiada buena publicidad, así que decidió tomar forma de persona y nacer y vivir como El cree que debe hacerlo una persona cualquiera.

Así este niño que nació en un pueblito pequeño, en una familia sencilla, envuelto más en ternuras que en cosas, aparte de que a los doce años ya era un adolescente contestatario que se plantó en medio del templo a contar a los estudiosos de entonces quién era Dios, a sus 30 años comenzó su vida pública en la que se presentó como mensajero de su Padre hablando a diestra y siniestra de cómo hay que vivir. Nos dijo que tenemos un Padre que nos quiere muchísimo, al que hay que llamar papá o mamá, y no nombres más solemnes. Nos enseñó que hasta que no nos tratemos como hermanos sentiremos tristeza en el corazón y que podemos recurrir a Dios siempre que estemos cansados y agobiados porque él nos serenará. Nos recomendó también que perdonar una y mil veces le deja a uno mucho mejor y que no podemos juzgar a nadie, pues todos tenemos nuestras cosillas que ocultar.

Este hijo de Dios, Jesús, nos explicó por qué todos los pobres son los preferidos de Dios y cómo El cambia los valores y vuelve humildes a los que fardan y ricos a los pobres y que no le gustan nada las personas que por tener poder o cosas se aprovechan de los demás. También nos recomendó sacar el niño que todos llevamos dentro, siendo sencillos, espontáneos, alegres, auténticos y vividores del momento presente, en vez de andar siempre ocupados en lo siguiente o nostálgicos en el ayer. Con su vida nos demostró Jesús, que el que no vive para servir no sirve para vivir y que no hay que llamar a nadie padre más que a Dios, que es el que tiene el corazón todo cariñoso y nos impulsa a la plenitud, a ser algo único y fantástico.

Los pocos años que pasó El en este mundo anduvo sanando a la gente, con su amistad, con su cariño, con su aceptación incondicional y se juntaba con chicas de mala vida, con adinerados, con encorvadas de preocupación o hemorroisas de las que van perdiendo la vida en las pequeñas cosas que no son las esenciales. Nos dejó muy clarito que el que anda dando demasiadas vueltas a sus dineros, no tendrá tiempo para disfrutar de Dios y vivirá peor y que no temamos.

Pero uno de los secretos importantes que nos contó Jesús, para vivir contentos, en vez de andar por la vida tristes como huérfanos, es tener ratos para meterse dentro de uno mismo y escuchar a Dios. Así se vive la vida en compañía, que es mucho más bonita y además, en el silencio, Él te susurra al oído los grandes sueños que tiene para ti y para las personas que te va poniendo al lado. Jesús rezaba mucho, y eso que tenía una vida muy ajetreada, pero debía de ser por eso, por lo que le daba tiempo para tanto… En los ratos de comunicación con Dios, Él nos serena, nos descansa, y nos lanza con atención despierta y amorosa a estar donde estemos, a entrar del todo y salir del todo de cada situación.

Y esto es lo que recordamos en Navidad, queridos nietos. Queremos vivir así, todo esto que nos enseñó este niño que nació en Belén para invitarnos a vivir mejor. Por eso llenamos de luces, regalos, adornos y familia estas fechas, porque queremos hacer del mundo una gran familia donde todo ser humano viva bien. Vosotros, cuando veáis que se nos olvida lo principal, recordádnoslo enseguida, que andamos todos un poco distraídos.

Pensar en estos días en donde todo mundo celebra la Navidad me llevo a pensar en algo en especial.

Primero decir que la Biblia no describe el día especifico del nacimiento de Jesús, lo más probable es que no nació un 25 de Diciembre como todo mundo lo celebra. La Biblia había desde hace muchos antes profetizado el nacimiento del Mesías y que sería en Belén (“Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.” Miqueas 5:2 (Reina-Valera 1960)), pero no especifico nunca un año, un mes o un día en particular.

Cuando la época que llamamos Navidad se acerca hay de toda clase de pensamientos, desde aquellos que celebran estás fechas, aquellos que no le dan tanta importancia y aquellos que se preocupan por pelear con medio mundo para dejar claro que Jesús no nació en estas fechas.

Yo me pregunto: ¿Importa realmente que día o mes nació Jesús?, pienso que ¡No!, lo importante que es que NACIÓ y que por medio de Él nosotros ahora podemos alcanzar perdón para nuestros pecados.

Yo creo que para Dios mismo no es importante el día o el mes del nacimiento de Jesús, porque si así hubiese sido, Él hubiese especificado el día, mes y hora, pero no lo hizo porque sabe que somos capaces de darle más importancia a esos detalles que al mismo hecho de valorar su nacimiento como principio de la salvación del mundo.

La Biblia dice que Jesús al nacer fue puesto en un pesebre: “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.” Lucas 2:7. La Biblia ni siquiera menciona el lugar exacto de su nacimiento, es decir la dirección exacta del lugar específico que nació en Belén. ¿Por qué no lo menciona?, porque me imagino que Dios considera que si lo supiéramos haríamos de ese lugar un sitio de comercio y turismo, dándole más importancia al lugar que al hecho de que Jesús nació para darnos vida y vida en abundancia.

Quizá alguien me pregunte: ¿Es bueno o malo celebrar la Navidad?, yo considero que más allá de pelear sobre si celebrar o no la navidad, lo que debemos celebrar cada día es el hecho de que Jesús vino al mundo, nació, creció, desarrollo su Ministerio y murió por nosotros y todo comenzó a través de su nacimiento, si Él no hubiese nacido, ahora estuviéramos perdidos, pero gracias a que nació, creció y murió por nosotros, ahora disfrutamos de una vida que solo Él ofrece.

No pierdas el tiempo en pelear, en contradecir, en tratar de aclarar si es o no bueno celebrar esto o aquello. Que tu corazón este centrado en una sola cosa en especial y es que gracias a JESÚS HOY TENEMOS VIDA.

¿Importa cuando nació?, ¿Importa cómo fue?, ¿Importa el lugar específico?, ¿Importa la fecha exacta?, pienso que no, lo importante realmente es que VINO AL MUNDO para que el mundo fuera salvo por Él.

Lo importante de Jesús fue lo que hizo por nosotros y eso fue morir en la cruz por nuestros pecados, en sustitución de nosotros, el Justo muriendo por los injustos.

Tú puedes celebrar lo que quieras, pero si Jesús aún no ha nacido en tu corazón, entonces en balde fue su venida a este mundo. A Dios más allá de que celebres una fecha en especifica lo que quiere es que puedas abrir tu corazón para que Jesús entre y nazca en tu vida y con ello puedas recibir la vida eterna que Él tiene preparada para los que creen en Él y confiesan su Nombre.

Hoy quiero invitarte a que el propósito por el que Jesús vino a este mundo se cumpla en tu vida, ¿Cómo?, entregándole tu corazón a Él. Si nunca conscientemente le has entregado tu corazón a Jesús, hoy quiero invitarte a que repitas la siguiente oración junto conmigo:

“Señor Jesús, reconozco que soy pecador, reconozco que tu viniste a este mundo y moriste en mi lugar, hoy te pido perdón por todos mis pecados, me arrepiento con todo mi corazón de todo lo que hice, dije o pensé, reconozco que tú eres Dios y por lo tanto este día te acepto como mi Señor y Salvador personal, toma mi vida y transfórmala, ya no quiero ser el mismo, crece en mi para que yo pueda menguar, pero sobre todo ayúdame a hacer tu perfecta voluntad. Amén”

Si hoy conscientemente y con corazón sincero realizaste esta oración, debes estar seguro de que Jesús te ha perdonado de cualquier pecado que hubieses cometido, hoy el propósito por el que Jesús vino a este mundo se ha cumplido en tu vida, pues Él vino para darte vida y vida en abundancia.

¡Jesús nació, creció y murió por ti y por mí!